¿Susceptible yo? Estáis todos equivocados

Nada hay más difícil que hacer ver a un susceptible que está precisamente bajo estado de susceptibilidad. Solo las personas con un cierto grado de consciencia y autoconocimiento son capaces de auto declararse en estado susceptible.

Hace unos días en mi anterior post Quién manda dentro de mí describía brevemente el secuestro amigdalino. Hay muchas manifestaciones de ese secuestro en nuestras vidas e iremos hablando de ellas, comenzando hoy por la susceptibilidad como forma de manifestación en virtud de la cual, todas las interpretaciones de los hechos, estímulos o circunstancias que se dan en torno a una situación que nos genera tensión, se interpretan en clave de ataque hacia nosotros. Este que se cree, pretende aprovecharse de mí, me tomas por tonto, lo ves… ya está otra vez con lo mismo… Y como estas muchas más frases de alguien en estado susceptible.

En una discusión o conflicto con intereses en juego para nosotros, estamos obligados a no dejarnos atrapar por la susceptibilidad. Ser víctima de ella supone menguar muy seriamente la capacidad de gestión de nuestros intereses. Nos ciega y nos impide ver las cosas como se observan sin implicación personal. Distorsiona nuestra mirada y nuestro juicio de las cosas.

Por ello el mejor apoyo para alguien que vive una situación que le lleva a la susceptibilidad es ayudarle a que tome conciencia de ello. Se libera así de ese secuestro, y se coloca en una privilegiada situación para gestionarse y gobernarse a sí mismo con un juicio limpio y sin distorsión.

«En una discusión o conflicto con intereses en juego para nosotros, estamos obligados a no dejarnos atrapar por la susceptibilidad. Ser víctima de ella supone menguar muy seriamente la capacidad de gestión de nuestros intereses. Nos ciega y nos impide ver las cosas como se observan sin implicación personal. Distorsiona nuestra mirada y nuestro juicio de las cosas.»

Pero ¿quién se atreve a decirle a alguien que no esté tan susceptible? Hacerlo es un acto de alto riesgo. Pues normalmente a “ojos y tripas” del susceptible todos los que le rodean están equivocados en su juicio y resulta francamente molesto para él que se lo digan una y otra vez.

Es por ello parte del arte de acompañar y ayudar el saber encontrar la forma, manera, día, hora, lugar… más adecuados para guiar al susceptible a su toma de conciencia. A veces bien vale un enfado en ese empeño si la relación luego se puede recuperar.

En mis trabajos profesionales, rodeado de disputas entre socios y en empresas familiares, resultan manifiestas (¡¡manifiestas para los de fuera claro!!) las barreras que la susceptibilidad genera para cualquier diálogo constructivo. Esos entornos de susceptibilidad llevan a gobernar las relaciones entre socios o familiares en claves o planos fundamentalmente legales y confrontacionales. En ellos todo se mide desde la óptica del “se puede” o “no se puede” y él “se tiene derecho” o “no se tiene derecho”, en un marco principalmente jurídico que cuando se impone acaba destruyendo las posibilidades de diálogo y la solución a muchas tensiones o conflictos. Y, créanme, el valor que se pierde con ello, aunque no se pueda medir, es muy, muy grande, y no solo económico, por más que los afectados parezcan permanecer ciegos ante esa destrucción.

Prometo hablar otro día de lo que hay detrás del disparo de la susceptibilidad.

Alfredo Sanfeliz

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