Ante situaciones problemáticas o de crisis cargadas de complejidad tenemos tendencia a sentirnos sometidos o dominados por ellas y decimos que las cosas “no tienen arreglo”. Parece que escucharnos decir eso nos consuela y nos libera de la responsabilidad de cualquier desastre que nos pueda venir de la situación. Nos auto exculpamos para atribuir las consecuencias a una especie de “fuerza mayor” derivada de la situación de crisis, conflicto o complejidad en la que sentimos que nada podemos hacer. Es humano, hay que comprenderlo.


Las situaciones complicadas y las crisis “no tienen ni dejan de tener arreglo”. La conversación sobre ellas no debe moverse en si “hay o no hay solución” sino en clave de “cómo ha de gestionarse” la situación. Y a toro pasado se nos juzgara por “como de bien o de mal” lo hayamos hecho.

Las situaciones de conflicto y de crisis están repletas de ángulos, de variables, de imprevistos, de reacciones, de alternativas… resultando por ello muy complicado tanto tomar decisiones como valorar si las decisiones tomadas fueron o no correctas. Es difícil comparar el resultado con nada pues nunca sabemos lo que habría ocurrido de haberse tomado otra decisión.

Todos sabemos que en momentos de crisis y dificultad las cosas “se puedan hacer mejor o peor” aunque nadie podrá nunca “certificar” que la gestión ha sido buena o mala, pues siempre hay un enorme espacio para lo opinable.

Dominar la situación manteniendo la cabeza fría y  protegerse de los riesgos derivados de una excesiva implicación son aspectos fundamentales para navegar serenamente por las turbulencias de las crisis. Pero ¿quién es capaz de mantener esa serenidad?  Predicar es fácil pero difícil es ponerlo en práctica cuando le toca a uno vivir la situación.

Todo es susceptible de empeorar, pero también de mejorar con nuestras actuaciones. Aceptemos que no somos perfectos y menos en situación de tensión y desde esa auto comprensión busquemos esa necesaria serenidad, complementando nuestras fuerzas con las de quienes nos rodean para  conseguir que las cosas tengan “el mejor arreglo”, sin caer en el abandono defensivo del pesimismo de quien siente que “esto no tiene arreglo”.