¿Quién manda dentro de mí?

Me refería en el post anterior al secuestro amigdalino como causante del fenómeno por el cual en un conflicto las dos partes están convencidas de tener razón.

Ante la detección de una señal de alarma, peligro o amenaza por nuestra amígdala cerebral, situada en nuestro cerebro denominado reptiliano (el más primitivo de los tres niveles cerebrales que tenemos), esta se encarga de tomar los mandos de nuestra atención, y consiguientemente, de nuestra actividad cerebral. Nos convertimos automáticamente y sin decisión consciente en seres gobernados por nuestras emociones que, con actitudes agresivas, defensivas o de bloqueo, interpretan todo en claves que secundan y ratifican la peligrosidad de esas señales de alarma o amenaza. Se trata de amenazas no sólo a nuestra supervivencia física (como lo eran primitivamente,) sino a nuestra supervivencia y necesidades sociales.

Una persona celosa ante la percepción de que algo que observa pudiera ser un indicio o muestra de un acto de infidelidad, interpreta cualquier acto del “supuesto infiel” atribuyéndole interpretaciones que dan razón a su temor. Lo mismo le ocurre a una persona que es o siente ser objeto de mobbing y pasa a ver su entorno como una total confabulación para acabar con él. Sus lógicas no puede decirse que sean racionalmente absurdas, pues cuando la víctima de ese mobbing o de los celos es inteligente las explicaciones tendrán un buen tracto lógico.

Pero aun cuando existan lógicas o razones bien construidas en el plano racional, su problema es que están construidas desde perspectivas obsesivas, que no son capaces de concebir que su interpretación es solo una de las mil o diez mil interpretaciones posibles e igualmente probables del hecho observado. La obsesión ciega nuestra visión, porque el secuestro amigdalino sólo nos permite ver aquello que ratifica nuestra fuente de peligrosidad. Y nos da la razón, aunque sólo a nosotros mismos.

«Y si no ponemos ningún freno, será probablemente nuestro enfadado gorila interior quien tomará los mandos de nuestras propias decisiones. O quizá no sea nuestro gorila agresivo, sino que adoptaremos nuestra versión de un animalillo atemorizado que huye o se bloquea y que se entrega a un sobrevalorado enemigo.»

En el caso de nuestros conflictos no siempre se cae en esa intensidad de obsesión. Pero no cabe duda de que salvo que sepamos, con nuestra serenidad y autoconocimiento, detectar las fuerzas de este secuestro, seremos víctimas del mismo en mayor o menor medida.  Y cuando no ponemos freno a esas espontáneas reacciones o ronroneos interiores nuestro pensamiento se agita y se acelera, y el buen juicio puede verse perjudicado por no permitir una correcta intervención de nuestra racionalidad no obsesionada o secuestrada.

Y si no ponemos ningún freno, será probablemente nuestro enfadado gorila interior quien tomará los mandos de nuestras propias decisiones. O quizá no sea nuestro gorila agresivo, sino que adoptaremos nuestra versión de un animalillo atemorizado que huye o se bloquea y que se entrega a un sobrevalorado enemigo.

Por ello ante la pregunta de ¿quién manda en mí cuando estoy en conflicto? intentemos conseguir que sea “la mejor versión de mí mismo” la que manda en nuestras decisiones y actuaciones. Una “mejor versión” que ­­ puede salir de una equilibrada e inteligente integración de nuestras emociones, nuestros sentimientos y nuestra razón no secuestrada.

¿Quién debe mandar entonces? Yo. Pero mi yo sereno, completo y lúcido.

Alfredo Sanfeliz

Linkedin / Twitter / Instagram

Post A Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *